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LA CONQUISTA DE LA PAZ.
EL CONCEPTO DE GUERRA DE SAN AGUSTÍN
POR VALENTINA VERBAL STOCKMEYER
1
INTRODUCCIÓN
Es un lugar común sostener que San Agustín es uno de los padres de la llamada doctrina
de la guerra justa. O, al menos, si consideramos el aporte romano de Cicerón (106-43 a.
C.), que lo es de la doctrina cristiana sobre la materia. Por ejemplo, los autores Jefferson
Jaramillo Marín y Yesid Echeverri Enciso, al hablar de uno de los presupuestos de la teoría
de la guerra justa —la distinción medieval de la justicia o injusticia de la guerra en su
origen (ius ad bellum) y en su desarrollo (ius in bello)—, señalan que “el primero en
hacerlo es Agustín de Hipona, quien asume en la Ciudad de Dios que la guerra no se
justifica más que en la medida en que sea el único medio de reparar una injuria, cuyo autor
se niegue a repararla”2
.
Pero ¿desarrolló San Agustín una teoría profunda y sistemática sobre la guerra justa? A
esta pregunta fundamental intentaremos responder en el presente artículo. Sin embargo,
hágase la salvedad, no nos referiremos solamente a la guerra justa, tema bélico más
conocido por el público general, sino a su concepto amplio de guerra, que abarca no sólo
la que podemos calificar de material, sino también aquella de orden espiritual: a la que
todos los hijos de Dios, y no sólo los soldados que visten de uniforme, deben enfrentarse.
Pese a que el pensamiento sobre la guerra de San Agustín puede encontrarse disperso en
varias de sus obras, básicamente puede hallarse en su monumental Ciudad de Dios. Por lo
mismo, todas las citas corresponden a esta magna obra, salvo que se indique una fuente
diversa. Para el presente trabajo, se ha optado por analizar la obra agustiana en “estado
puro”, sin la intermediación de bibliografía secundaria. De ahí que pueda calificarse como
el análisis (por cierto, subjetivo) de una fuente histórica concreta más que de las
interpretaciones hechas a posteriori. Esta metodología la hemos escogido, porque, aparte
de que deseamos evitar caer en lugares recurrentes, nos parece que los autores clásicos,
como Agustín de Hipona, deben estudiarse a partir de las fuentes originales, o sea, desde
1
Licenciada en Historia por la Universidad de los Andes y egresada de magíster en la misma disciplina por la
Universidad de Chile. Profesora de la Universidad Viña del Mar en la asignatura de formación general “La
Guerra del Pacífico, Visiones desde Chile, Perú y Bolivia”. Ha publicado el artículo “El motín de Talca del 21
de julio de 1827. Contexto, acontecimiento y significado”, en Anuario de la Academia de Historia Militar, N°
26, 2012, pp. 9-19. Correo electrónico: valeverbal@gmail.com
2
Jaramillo Marín, Jefferson, y Yesid Echeverri Enciso, “Las teorías de la guerra justa: implicaciones y
limitaciones”, en Revista Científica Guillermo de Ockham, Vol. 3, No. 2, Universidad San Buenaventura, Cali,
Colombia, julio-diciembre de 2005, p. 17.
sus propios escritos; documentos, por lo demás, en gran medida disponibles en la
actualidad, precisamente por su carácter perenne, no obstante el paso de los siglos.
Dividiremos el tratamiento de este tema en tres partes fundamentales. En la primera, nos
referiremos a su concepto general de guerra. En la segunda, a la guerra desde un punto de
vista espiritual. Y en la tercera, a la guerra justa. Demás está decir que no se pretende
agotar el pensamiento de Agustín sobre el tema en cuestión, sino hacer una presentación
preliminar del mismo; con el mérito, el lector juzgará si se ha logrado o no este calificativo,
de entregar una síntesis interpretativa del tema; y a partir, como ya se dijo, de la obra
agustiniana propiamente dicha.
CONCEPTO GENERAL DE GUERRA
Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que más que una doctrina sobre la guerra, San
Agustín desarrolla una doctrina de la paz. Son, en efecto, numerosos los capítulos de la
Ciudad de Dios en que aborda, de un modo sistemático, el problema de la paz. En otras
palabras, Agustín no elabora una doctrina aislada, totalizadora, de la guerra, sino que trata
el tema a partir de la paz, fin primordial —para él— de la comunidad humana. Por lo
mismo, no duda en señalar:
Cualquiera que observe un poco las realidades humanas y nuestra común
naturaleza reconocerá conmigo que no existe quien no ame la alegría, así como
tampoco quien se niegue a vivir en paz. Incluso aquellos mismos que buscan la
guerra no pretenden otra cosa que vencer. Por tanto, lo que ansían es llegar a una
paz cubierta de gloria. ¿Qué otra cosa es la victoria más que una sumisión de las
fuerzas contrarias? Logrado esto, tiene lugar la paz. Con miras a la paz se
emprenden las guerras, incluso por aquellos que se dedican a la estrategia bélica,
mediante las órdenes y el combate. Está, pues, claro que la paz es el fin deseado
de la guerra (XIX, 12, 1).
De esta cita pueden extraerse varias conclusiones. Una primera es que su concepto de
guerra es más amplio que lo que, habitualmente y en sentido estricto, se entiende por
dicha palabra. No se reduce, pues, sólo a la “lucha armada entre dos o más naciones o
entre bandos de una misma nación”, sino que se amplía a “la lucha o combate, aunque
sea en sentido moral”3
. Una segunda conclusión es que la paz es un fin natural del ser
humano en su vida en sociedad. Natural en un doble sentido. En cuanto a que, en los
hechos, todos buscan la paz, incluso los bandoleros (XIX, 12, 1). Y en términos de que la
paz debe, éticamente, ser el fin de toda guerra. Para agustín se guerrea para conseguir la
paz. Éste es el fin último de la vida, para lo cual hay que batallar. Leamos esta otra cita:
3
Real Academia Española, Diccionario de la Lengua Española, “Guerra”, septiembre de 2009. Disponible en
Internet: http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=guerra [último acceso: mayo de
2013].
El pecado de un solo hombre nos hizo hundirnos en tan grave calamidad, y la
rehabilitación que nos ha traído un solo hombre —y éste, Dios— nos hará llegar a
aquel bien tan sublime. Pero ya nadie debe creerse haber pasado ya de un estado
al otro más que cuando se halle donde no existirá tentación alguna, cuando posea
aquella paz por la que suspira a través de tantos y tan diversos combates en esta
guerra, en la que los objetivos de los bajos instintos pugnan con el Espíritu, y los
del Espíritu contra los bajos instintos (XXI, 15).
Como se observa, para conseguir la salvación eterna, para participar plenamente de la
gracia, en lo cual consiste la paz definitiva, debe haberse combatido en una guerra que
podemos calificar de espiritual. ¿Por qué? Agustín lo dice: se trata de una guerra en que se
opone el espíritu a los bajos instintos y viceversa. En una frase, para Agustín la guerra se
define por su fin, que no es otro que el logro de la paz. Y ¿qué entiende por paz? Veamos
el siguiente texto, en el que consta la famosa definición agustina de paz:
La paz del cuerpo es el orden armonioso de sus partes. La paz del alma racional es
la ordenada quietud de sus apetencias. La paz del alma racional es el acuerdo
ordenado entre pensamiento y acción. La paz entre el alma y el cuerpo es el orden
de la vida y la salud en el ser viviente. La paz del hombre mortal con Dios es la
obediencia bien ordenada según la fe bajo la ley eterna. La paz entre los hombres
es la concordia bien ordenada. La paz doméstica es la concordia bien ordenada en
el mandar y en el obedecer de los que conviven juntos. La paz de una ciudad es la
concordia bien ordenada en el gobierno y en la obediencia de sus ciudadanos. La
paz de la sociedad celeste es la sociedad perfectamente ordenada y
perfectamente armoniosa en el gozar de Dios y en mutuo goce de Dios. La paz de
todas las cosas es la tranquilidad del orden. Y el orden es la distribución de todos
los seres iguales y diversos, asignándole a cada uno su lugar (XIX, 13, 1).
No hay mucho que agregar frente a este magistral tratamiento de la paz. El tema lo
desarrolla Agustín en forma más extensa, pero en este párrafo muestra una excelente
capacidad de síntesis, enumerando y definiendo cada una de las modalidades en que
puede manifestarse la por él llamada tranquilidad del orden.
En suma, la guerra no es otra cosa que la lucha para conseguir la paz. Considerando esta
finalidad, pasemos a referirnos a los dos tipos principales de guerra. Primero: a la guerra
como combate espiritual. Y segundo: a la guerra material, particularmente a aquella que
puede calificarse de justa.
LA GUERRA COMO COMBATE ESPIRITUAL
La guerra en este sentido —que es a la que todo cristiano debe abocarse en esta vida—,
puede definirse, en pocas palabras, como la lucha en contra del pecado por amor a Dios y
teniendo como base la fe en Jesucristo. El combate contra el pecado no consiste
solamente en enfrentarse al mal, sino ante todo en poner el corazón en Dios. Se lucha
contra el pecado en la medida en que se está dispuesto a amar. La guerra espiritual, pues,
más que una negación, es una afirmación orientada a la entrega a Dios y al cumplimiento
de la ley por Él instaurada. Leamos:
Llega luego la edad capaz de mandamientos y de someterse al imperio de la ley.
Aquí hay que emprender la guerra contra los vicios y luchar con bravura para no
caer en pecados dignos de condenación (XXI, 16).
Añadamos algo que puede parecer evidente en el marco de la teología cristiana. Y es que
en este sentido, la guerra existe desde el primer ser humano. ¿Por qué? Por la sencilla
razón de que desde un comienzo existe el pecado. Agustín dice que Dios tenía prevista
esta realidad, aunque al mismo tiempo “la llamada a la adopción por su gracia de un
pueblo de justos” (XII, 22).
Frente a la dureza de la guerra espiritual, nuestro autor no duda en señalar que más vale
preferir esta dureza a la falta de lucha, por una “entrega a los vicios sin oponer
resistencia” (XXI, 15). Para el obispo de Hipona, la vida es y debe consistir en un combate,
en uno que predomine la lucha por cumplir la voluntad de Dios, lo que implica un lógico
rechazo al pecado y a todas las especies de vicios.
Interesante es considerar que la guerra también puede asumir una connotación negativa.
Y ello se presenta cuando, en el infierno, la voluntad nunca es capaz de derrotar a las
pasiones. En el fondo, para Agustín, el infierno es un estado de guerra permanente, pero
uno en que jamás se alcanza la victoria.
¿Qué guerra más encarnizada y amarga se puede uno imaginar que la voluntad
luchando contra la pasiones, y las pasiones contra la voluntad, de tal forma que
ninguno ponga fin con su victoria a tales hostilidades, y al mismo tiempo la
violencia del dolor luchando contra la naturaleza corporal, sin que jamás se rinda
ninguno de los contendientes? (XIX, 18).
En consecuencia, la guerra en un sentido espiritual tiene tanto una dimensión positiva
como negativa. La primera es la necesaria lucha que hay que dar contra el pecado para,
finalmente, alcanzar la paz eterna. La segunda es la lucha permanente, que nunca avizora
(ni avizorará) la paz, ya que se trata de una guerra ya no destinada a conseguir la
tranquilidad del orden, sino a vivir permanentemente en el desorden o caos, en lo que
precisamente consiste la falta de paz.
EL CONCEPTO DE GUERRA JUSTA
Parece no caber duda que Agustín se pronuncia a favor de la existencia de guerras justas.
En efecto, señala que la injusticia del enemigo es la que lleva a los hombres sabios a
declarar las guerras justas (XIX, 7). Pero transcribamos este pensamiento en forma más
completa, ya que admite algunas matizaciones:
Pero el hombre instruido en sabiduría —nos replicarán ellos— sólo declarará
guerras justas. ¡Como si no debiera deplorar —si recuerda que es hombre—
mucho más el hecho de tener que reconocer la existencia misma de de guerras
justas! Porque de no ser justas nunca debería emprenderlas, y, por tanto, para el
hombre sabio no existiría guerra alguna. Es la injusticia del enemigo la que obliga
al hombre formado en la sabiduría a declarar las guerras justas. Esta injusticia es la
que el hombre debe deplorar por ser injusticia del hombre, aunque no diera
origen necesariamente a una guerra. Males como éstos, tan enormes, tan
horrendos, tan salvajes, cualquiera que los considere con dolor debe reconocer
que son una desgracia. Pero el que llegue a sufrirlos o pensarlos sin sentir dolor en
su alma, y sigue creyéndose feliz, está en una desgracia mucho mayor: ha perdido
el sentimiento humano (XIX, 7).
De este párrafo, uno de los pocos en que se refiere al tema en cuestión, puede inferirse
que, en ciertos casos, está permitido declarar y hacer la guerra. La causa ha de ser la
injusticia del enemigo. La guerra, pues, para que sea justa debe proceder como respuesta
a un acto de otro, no por iniciativa propia.
Una segunda consideración que podemos hacer es que la guerra material o armada no es
de suyo un bien. Es algo horrendo, salvaje, un mal en sí mismo. Y, por lo mismo, la guerra
justa no pueda ser declarada por cualquiera, sino sólo por personas sabias; y a partir,
como ya se dijo, de una concreta injusticia del enemigo.
En consecuencia, no hay en nuestro autor una aceptación de la guerra física como tal. En
su defensa del cristianismo frente a los males del imperio, no duda en señalar, en variadas
ocasiones, que muchas guerras emprendidas por los romanos han sido terribles para sus
víctimas y normalmente han sido injustas. Leamos el siguiente texto que, aunque largo, es
bastante decidor:
Pero se han tomado medidas —se replicará— para que el Estado dominador
imponga no sólo su yugo, sino también su propia lengua a las naciones sometidas,
mediante tratados de paz, de manera que no falten, es más, haya abundancia de
intérpretes. Sí, es cierto. Pero, todo esto ¿se ha conseguido? ¿A precio de cuántas
y cuán enormes guerras, de cuán descomunales catástrofes humanas, de cuánta
sangre derramada? Y cuánto todo esto ha pasado ya, todavía no ha terminado la
desdicha de esas mismas calamidades. Porque, aunque no han faltado ni faltan
naciones enemigas extranjeras contra las que siempre se ha estado en guerra —y
se está—, no obstante, la extensión misma del imperio ha engendrado guerras de
peor clase: guerras de partidos, es decir, guerras civiles, que destrozan la
humanidad de la manera más triste, tanto cuando rompen las hostilidades, para
terminar de una vez, como cuando viven el temor de una nueva insurrección. Si yo
pretendiera hacer una descripción del número y variedad de las catástrofes que
tienen su origen en estas calamidades, de lo penoso y horrendo de sus inevitables
secuelas, aunque sería incapaz de lograrlo como se merece, ¿hasta dónde nos
llevaría este interminable discurso? (XIX, 7).
Como se ve, para Agustín las guerras no son un bien en sí mismo. Y las llamadas justas no
lo son tampoco. Son sólo medios necesarios para deplorar la injusticia mayor del enemigo
que las inicia. No hay, por tanto, en Agustín una adhesión a la guerra material como un
bien, sino como un mal necesario para evitar el mayor de una injusticia ajena.
No puede olvidarse que el fin de la guerra, no obstante ser un mal, ha de ser la paz. En
consecuencia, para Agustín, las guerras no deben hacerse como acciones de conquista,
sino de defensa frente a una agresión externa.
Lo cierto es que no hay en Agustín un tratamiento sistemático, jurídico, de la licitud de
ciertas guerras. Habla, como hemos visto, de las guerras justas al tratar de la paz, en
cuanto es el fin último de la ciudad de Dios. Será la escolástica medieval, especialmente
con Tomás de Aquino (1126-1274), el sistema filosófico-cristiano que desarrolle de
manera orgánica el problema de la guerra justa. Y que, en tal desarrollo, recoja y ordene
las ideas de Agustín sobre la guerra, no tanto tratada en cuanto tal, como un sistema, sino
más bien en el contexto de la paz, como fin supremo de la existencia. Tomás de Aquino
habla de la guerra en el contexto de la caridad, así como Agustín lo hace en el de la paz,
pero el tratamiento del aquinate es mucho más preciso y detallado. Sistematiza los
elementos o condiciones de una guerra justa, por ejemplo: autoridad competente, causa
justa e intención recta.
No obstante lo anterior, en Agustín pueden encontrarse, hurgando en distintos pasajes de
su obra, los mismos elementos señalados por Tomás de Aquino. Ya sabemos que, en
Agustín, por causa justa puede entenderse la injusticia de otro, que es el que inicia la
guerra. Que por intención recta, ha de pensarse en la búsqueda de la paz, puesto que la
victoria de un bando militar aspira a la paz. Y también hemos dicho, como se lee en la
Ciudad de Dios, que la guerra justa debe ser declarada por personas sabias. Pero en el
pasaje citado (XIX, 7) no habla de la autoridad política como legítima depositaria de la
facultad de declarar una guerra. Este punto lo aborda al tratar del cielo como fin de la
ciudad de Dios y, concretamente, al referirse a la doctrina ciceroniana de la guerra.
Agustín adhiere a la idea de que la supervivencia de la ciudad (y la defensa de sus pactos),
tal como lo señala Cicerón, es un motivo valido para declarar e iniciar la guerra. No dice,
expresamente, que sea la autoridad política la encargada de emitir tal declaración, pero
ello se puede inferir por tratarse no de guerras privadas, sino de aquellas en que participa
la ciudad, reiteremos, en beneficio de su supervivencia.
Sin embargo, en otra de sus obras, Contra Fausto, establece que
Aquel orden natural conformado para que los mortales tengan paz reclama que la
autoridad y la decisión de emprender una guerra recaigan sobre el príncipe,
mientras que los soldados tienen el deber de cumplir las órdenes de guerra en
beneficio de la paz y salvación común (Contra Fausto 22, 75).
En este párrafo (y en los siguientes) se refiere, también, a la obediencia de los soldados,
señalando que puede darse el caso que un soldado justo combata bajo las órdenes de un
rey sacrílego (Contra Fausto 22, 75). Por lo tanto, normalmente, los soldados no caen en
injusticia al combatir en guerras armadas, sino las autoridades que declaran o inician
guerras injustas.
CONCLUSIÓN
Entre otras muchas materias, San Agustín es conocido por haber desarrollado una
doctrina de la guerra justa de raigambre cristiana. Sin embargo, el obispo de Hipona no
trata este problema de manera sistemática y totalizadora, sino que lo hace en el contexto
de la paz.
La paz, definida magistralmente como tranquilidad del orden, se configura cuando las
sociedades se ordenan hacia el goce eterno de Dios, siendo la vida terrenal una
preparación a ese goce. La guerra, pues, se presenta como una de las tantas herramientas
o medios destinados al fin último de la existencia humana y social que es el logro de la
paz.
En el contexto de la lucha por la paz, la guerra se plantea como un esfuerzo permanente
contra el pecado y por amor a Dios, teniendo como base la fe en Jesucristo. La guerra en
sentido espiritual asume, al mismo tiempo, una dimensión negativa cuando se trata de la
lucha eterna contra las pasiones y el pecado personal, pero sin obtener victoria alguna. Es
la guerra librada en el infierno. Pero la esperanza cristiana supone una guerra en sentido
positivo, que es la voluntad constante de luchar en busca de la paz espiritual, alcanzada en
el cielo como premio a esa victoria.
La guerra material entre naciones es justa en la medida en que obedezca a la necesidad de
defenderse frente a las injusticias de los enemigos. La guerra para que sea justa debe
proceder como respuesta a un acto de otro, no por iniciativa propia.
La guerra física es de suyo un mal. Las guerras justas se configuran como una necesidad
frente a un ataque previo. Su finalidad es el logro social de la paz, el reestablecimiento del
orden quebrantado. Y siendo declaradas por personas sabias, por los príncipes o
gobernantes.
Interesante es la distinción entre justicia objetiva de las guerras, en la medida en que
responden a los requisitos arriba indicados, y la justicia de los soldados que participan en
ella. Una guerra puede ser injusta —por ejemplo, por no responder a una injusticia de
otro—, pero los soldados, en la medida en que cumplan con sus deberes de obediencia
jerárquica, no pecan y actúan de manera justa.

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LA CONQUISTA DE LA PAZ. EL CONCEPTO DE GUERRA DE SAN AGUSTÍN (Por Valentina Verbal Stockmeyer)

  • 1. LA CONQUISTA DE LA PAZ. EL CONCEPTO DE GUERRA DE SAN AGUSTÍN POR VALENTINA VERBAL STOCKMEYER 1 INTRODUCCIÓN Es un lugar común sostener que San Agustín es uno de los padres de la llamada doctrina de la guerra justa. O, al menos, si consideramos el aporte romano de Cicerón (106-43 a. C.), que lo es de la doctrina cristiana sobre la materia. Por ejemplo, los autores Jefferson Jaramillo Marín y Yesid Echeverri Enciso, al hablar de uno de los presupuestos de la teoría de la guerra justa —la distinción medieval de la justicia o injusticia de la guerra en su origen (ius ad bellum) y en su desarrollo (ius in bello)—, señalan que “el primero en hacerlo es Agustín de Hipona, quien asume en la Ciudad de Dios que la guerra no se justifica más que en la medida en que sea el único medio de reparar una injuria, cuyo autor se niegue a repararla”2 . Pero ¿desarrolló San Agustín una teoría profunda y sistemática sobre la guerra justa? A esta pregunta fundamental intentaremos responder en el presente artículo. Sin embargo, hágase la salvedad, no nos referiremos solamente a la guerra justa, tema bélico más conocido por el público general, sino a su concepto amplio de guerra, que abarca no sólo la que podemos calificar de material, sino también aquella de orden espiritual: a la que todos los hijos de Dios, y no sólo los soldados que visten de uniforme, deben enfrentarse. Pese a que el pensamiento sobre la guerra de San Agustín puede encontrarse disperso en varias de sus obras, básicamente puede hallarse en su monumental Ciudad de Dios. Por lo mismo, todas las citas corresponden a esta magna obra, salvo que se indique una fuente diversa. Para el presente trabajo, se ha optado por analizar la obra agustiana en “estado puro”, sin la intermediación de bibliografía secundaria. De ahí que pueda calificarse como el análisis (por cierto, subjetivo) de una fuente histórica concreta más que de las interpretaciones hechas a posteriori. Esta metodología la hemos escogido, porque, aparte de que deseamos evitar caer en lugares recurrentes, nos parece que los autores clásicos, como Agustín de Hipona, deben estudiarse a partir de las fuentes originales, o sea, desde 1 Licenciada en Historia por la Universidad de los Andes y egresada de magíster en la misma disciplina por la Universidad de Chile. Profesora de la Universidad Viña del Mar en la asignatura de formación general “La Guerra del Pacífico, Visiones desde Chile, Perú y Bolivia”. Ha publicado el artículo “El motín de Talca del 21 de julio de 1827. Contexto, acontecimiento y significado”, en Anuario de la Academia de Historia Militar, N° 26, 2012, pp. 9-19. Correo electrónico: valeverbal@gmail.com 2 Jaramillo Marín, Jefferson, y Yesid Echeverri Enciso, “Las teorías de la guerra justa: implicaciones y limitaciones”, en Revista Científica Guillermo de Ockham, Vol. 3, No. 2, Universidad San Buenaventura, Cali, Colombia, julio-diciembre de 2005, p. 17.
  • 2. sus propios escritos; documentos, por lo demás, en gran medida disponibles en la actualidad, precisamente por su carácter perenne, no obstante el paso de los siglos. Dividiremos el tratamiento de este tema en tres partes fundamentales. En la primera, nos referiremos a su concepto general de guerra. En la segunda, a la guerra desde un punto de vista espiritual. Y en la tercera, a la guerra justa. Demás está decir que no se pretende agotar el pensamiento de Agustín sobre el tema en cuestión, sino hacer una presentación preliminar del mismo; con el mérito, el lector juzgará si se ha logrado o no este calificativo, de entregar una síntesis interpretativa del tema; y a partir, como ya se dijo, de la obra agustiniana propiamente dicha. CONCEPTO GENERAL DE GUERRA Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que más que una doctrina sobre la guerra, San Agustín desarrolla una doctrina de la paz. Son, en efecto, numerosos los capítulos de la Ciudad de Dios en que aborda, de un modo sistemático, el problema de la paz. En otras palabras, Agustín no elabora una doctrina aislada, totalizadora, de la guerra, sino que trata el tema a partir de la paz, fin primordial —para él— de la comunidad humana. Por lo mismo, no duda en señalar: Cualquiera que observe un poco las realidades humanas y nuestra común naturaleza reconocerá conmigo que no existe quien no ame la alegría, así como tampoco quien se niegue a vivir en paz. Incluso aquellos mismos que buscan la guerra no pretenden otra cosa que vencer. Por tanto, lo que ansían es llegar a una paz cubierta de gloria. ¿Qué otra cosa es la victoria más que una sumisión de las fuerzas contrarias? Logrado esto, tiene lugar la paz. Con miras a la paz se emprenden las guerras, incluso por aquellos que se dedican a la estrategia bélica, mediante las órdenes y el combate. Está, pues, claro que la paz es el fin deseado de la guerra (XIX, 12, 1). De esta cita pueden extraerse varias conclusiones. Una primera es que su concepto de guerra es más amplio que lo que, habitualmente y en sentido estricto, se entiende por dicha palabra. No se reduce, pues, sólo a la “lucha armada entre dos o más naciones o entre bandos de una misma nación”, sino que se amplía a “la lucha o combate, aunque sea en sentido moral”3 . Una segunda conclusión es que la paz es un fin natural del ser humano en su vida en sociedad. Natural en un doble sentido. En cuanto a que, en los hechos, todos buscan la paz, incluso los bandoleros (XIX, 12, 1). Y en términos de que la paz debe, éticamente, ser el fin de toda guerra. Para agustín se guerrea para conseguir la paz. Éste es el fin último de la vida, para lo cual hay que batallar. Leamos esta otra cita: 3 Real Academia Española, Diccionario de la Lengua Española, “Guerra”, septiembre de 2009. Disponible en Internet: http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=guerra [último acceso: mayo de 2013].
  • 3. El pecado de un solo hombre nos hizo hundirnos en tan grave calamidad, y la rehabilitación que nos ha traído un solo hombre —y éste, Dios— nos hará llegar a aquel bien tan sublime. Pero ya nadie debe creerse haber pasado ya de un estado al otro más que cuando se halle donde no existirá tentación alguna, cuando posea aquella paz por la que suspira a través de tantos y tan diversos combates en esta guerra, en la que los objetivos de los bajos instintos pugnan con el Espíritu, y los del Espíritu contra los bajos instintos (XXI, 15). Como se observa, para conseguir la salvación eterna, para participar plenamente de la gracia, en lo cual consiste la paz definitiva, debe haberse combatido en una guerra que podemos calificar de espiritual. ¿Por qué? Agustín lo dice: se trata de una guerra en que se opone el espíritu a los bajos instintos y viceversa. En una frase, para Agustín la guerra se define por su fin, que no es otro que el logro de la paz. Y ¿qué entiende por paz? Veamos el siguiente texto, en el que consta la famosa definición agustina de paz: La paz del cuerpo es el orden armonioso de sus partes. La paz del alma racional es la ordenada quietud de sus apetencias. La paz del alma racional es el acuerdo ordenado entre pensamiento y acción. La paz entre el alma y el cuerpo es el orden de la vida y la salud en el ser viviente. La paz del hombre mortal con Dios es la obediencia bien ordenada según la fe bajo la ley eterna. La paz entre los hombres es la concordia bien ordenada. La paz doméstica es la concordia bien ordenada en el mandar y en el obedecer de los que conviven juntos. La paz de una ciudad es la concordia bien ordenada en el gobierno y en la obediencia de sus ciudadanos. La paz de la sociedad celeste es la sociedad perfectamente ordenada y perfectamente armoniosa en el gozar de Dios y en mutuo goce de Dios. La paz de todas las cosas es la tranquilidad del orden. Y el orden es la distribución de todos los seres iguales y diversos, asignándole a cada uno su lugar (XIX, 13, 1). No hay mucho que agregar frente a este magistral tratamiento de la paz. El tema lo desarrolla Agustín en forma más extensa, pero en este párrafo muestra una excelente capacidad de síntesis, enumerando y definiendo cada una de las modalidades en que puede manifestarse la por él llamada tranquilidad del orden. En suma, la guerra no es otra cosa que la lucha para conseguir la paz. Considerando esta finalidad, pasemos a referirnos a los dos tipos principales de guerra. Primero: a la guerra como combate espiritual. Y segundo: a la guerra material, particularmente a aquella que puede calificarse de justa. LA GUERRA COMO COMBATE ESPIRITUAL La guerra en este sentido —que es a la que todo cristiano debe abocarse en esta vida—, puede definirse, en pocas palabras, como la lucha en contra del pecado por amor a Dios y teniendo como base la fe en Jesucristo. El combate contra el pecado no consiste solamente en enfrentarse al mal, sino ante todo en poner el corazón en Dios. Se lucha contra el pecado en la medida en que se está dispuesto a amar. La guerra espiritual, pues,
  • 4. más que una negación, es una afirmación orientada a la entrega a Dios y al cumplimiento de la ley por Él instaurada. Leamos: Llega luego la edad capaz de mandamientos y de someterse al imperio de la ley. Aquí hay que emprender la guerra contra los vicios y luchar con bravura para no caer en pecados dignos de condenación (XXI, 16). Añadamos algo que puede parecer evidente en el marco de la teología cristiana. Y es que en este sentido, la guerra existe desde el primer ser humano. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que desde un comienzo existe el pecado. Agustín dice que Dios tenía prevista esta realidad, aunque al mismo tiempo “la llamada a la adopción por su gracia de un pueblo de justos” (XII, 22). Frente a la dureza de la guerra espiritual, nuestro autor no duda en señalar que más vale preferir esta dureza a la falta de lucha, por una “entrega a los vicios sin oponer resistencia” (XXI, 15). Para el obispo de Hipona, la vida es y debe consistir en un combate, en uno que predomine la lucha por cumplir la voluntad de Dios, lo que implica un lógico rechazo al pecado y a todas las especies de vicios. Interesante es considerar que la guerra también puede asumir una connotación negativa. Y ello se presenta cuando, en el infierno, la voluntad nunca es capaz de derrotar a las pasiones. En el fondo, para Agustín, el infierno es un estado de guerra permanente, pero uno en que jamás se alcanza la victoria. ¿Qué guerra más encarnizada y amarga se puede uno imaginar que la voluntad luchando contra la pasiones, y las pasiones contra la voluntad, de tal forma que ninguno ponga fin con su victoria a tales hostilidades, y al mismo tiempo la violencia del dolor luchando contra la naturaleza corporal, sin que jamás se rinda ninguno de los contendientes? (XIX, 18). En consecuencia, la guerra en un sentido espiritual tiene tanto una dimensión positiva como negativa. La primera es la necesaria lucha que hay que dar contra el pecado para, finalmente, alcanzar la paz eterna. La segunda es la lucha permanente, que nunca avizora (ni avizorará) la paz, ya que se trata de una guerra ya no destinada a conseguir la tranquilidad del orden, sino a vivir permanentemente en el desorden o caos, en lo que precisamente consiste la falta de paz. EL CONCEPTO DE GUERRA JUSTA Parece no caber duda que Agustín se pronuncia a favor de la existencia de guerras justas. En efecto, señala que la injusticia del enemigo es la que lleva a los hombres sabios a declarar las guerras justas (XIX, 7). Pero transcribamos este pensamiento en forma más completa, ya que admite algunas matizaciones: Pero el hombre instruido en sabiduría —nos replicarán ellos— sólo declarará guerras justas. ¡Como si no debiera deplorar —si recuerda que es hombre—
  • 5. mucho más el hecho de tener que reconocer la existencia misma de de guerras justas! Porque de no ser justas nunca debería emprenderlas, y, por tanto, para el hombre sabio no existiría guerra alguna. Es la injusticia del enemigo la que obliga al hombre formado en la sabiduría a declarar las guerras justas. Esta injusticia es la que el hombre debe deplorar por ser injusticia del hombre, aunque no diera origen necesariamente a una guerra. Males como éstos, tan enormes, tan horrendos, tan salvajes, cualquiera que los considere con dolor debe reconocer que son una desgracia. Pero el que llegue a sufrirlos o pensarlos sin sentir dolor en su alma, y sigue creyéndose feliz, está en una desgracia mucho mayor: ha perdido el sentimiento humano (XIX, 7). De este párrafo, uno de los pocos en que se refiere al tema en cuestión, puede inferirse que, en ciertos casos, está permitido declarar y hacer la guerra. La causa ha de ser la injusticia del enemigo. La guerra, pues, para que sea justa debe proceder como respuesta a un acto de otro, no por iniciativa propia. Una segunda consideración que podemos hacer es que la guerra material o armada no es de suyo un bien. Es algo horrendo, salvaje, un mal en sí mismo. Y, por lo mismo, la guerra justa no pueda ser declarada por cualquiera, sino sólo por personas sabias; y a partir, como ya se dijo, de una concreta injusticia del enemigo. En consecuencia, no hay en nuestro autor una aceptación de la guerra física como tal. En su defensa del cristianismo frente a los males del imperio, no duda en señalar, en variadas ocasiones, que muchas guerras emprendidas por los romanos han sido terribles para sus víctimas y normalmente han sido injustas. Leamos el siguiente texto que, aunque largo, es bastante decidor: Pero se han tomado medidas —se replicará— para que el Estado dominador imponga no sólo su yugo, sino también su propia lengua a las naciones sometidas, mediante tratados de paz, de manera que no falten, es más, haya abundancia de intérpretes. Sí, es cierto. Pero, todo esto ¿se ha conseguido? ¿A precio de cuántas y cuán enormes guerras, de cuán descomunales catástrofes humanas, de cuánta sangre derramada? Y cuánto todo esto ha pasado ya, todavía no ha terminado la desdicha de esas mismas calamidades. Porque, aunque no han faltado ni faltan naciones enemigas extranjeras contra las que siempre se ha estado en guerra —y se está—, no obstante, la extensión misma del imperio ha engendrado guerras de peor clase: guerras de partidos, es decir, guerras civiles, que destrozan la humanidad de la manera más triste, tanto cuando rompen las hostilidades, para terminar de una vez, como cuando viven el temor de una nueva insurrección. Si yo pretendiera hacer una descripción del número y variedad de las catástrofes que tienen su origen en estas calamidades, de lo penoso y horrendo de sus inevitables secuelas, aunque sería incapaz de lograrlo como se merece, ¿hasta dónde nos llevaría este interminable discurso? (XIX, 7). Como se ve, para Agustín las guerras no son un bien en sí mismo. Y las llamadas justas no lo son tampoco. Son sólo medios necesarios para deplorar la injusticia mayor del enemigo que las inicia. No hay, por tanto, en Agustín una adhesión a la guerra material como un bien, sino como un mal necesario para evitar el mayor de una injusticia ajena.
  • 6. No puede olvidarse que el fin de la guerra, no obstante ser un mal, ha de ser la paz. En consecuencia, para Agustín, las guerras no deben hacerse como acciones de conquista, sino de defensa frente a una agresión externa. Lo cierto es que no hay en Agustín un tratamiento sistemático, jurídico, de la licitud de ciertas guerras. Habla, como hemos visto, de las guerras justas al tratar de la paz, en cuanto es el fin último de la ciudad de Dios. Será la escolástica medieval, especialmente con Tomás de Aquino (1126-1274), el sistema filosófico-cristiano que desarrolle de manera orgánica el problema de la guerra justa. Y que, en tal desarrollo, recoja y ordene las ideas de Agustín sobre la guerra, no tanto tratada en cuanto tal, como un sistema, sino más bien en el contexto de la paz, como fin supremo de la existencia. Tomás de Aquino habla de la guerra en el contexto de la caridad, así como Agustín lo hace en el de la paz, pero el tratamiento del aquinate es mucho más preciso y detallado. Sistematiza los elementos o condiciones de una guerra justa, por ejemplo: autoridad competente, causa justa e intención recta. No obstante lo anterior, en Agustín pueden encontrarse, hurgando en distintos pasajes de su obra, los mismos elementos señalados por Tomás de Aquino. Ya sabemos que, en Agustín, por causa justa puede entenderse la injusticia de otro, que es el que inicia la guerra. Que por intención recta, ha de pensarse en la búsqueda de la paz, puesto que la victoria de un bando militar aspira a la paz. Y también hemos dicho, como se lee en la Ciudad de Dios, que la guerra justa debe ser declarada por personas sabias. Pero en el pasaje citado (XIX, 7) no habla de la autoridad política como legítima depositaria de la facultad de declarar una guerra. Este punto lo aborda al tratar del cielo como fin de la ciudad de Dios y, concretamente, al referirse a la doctrina ciceroniana de la guerra. Agustín adhiere a la idea de que la supervivencia de la ciudad (y la defensa de sus pactos), tal como lo señala Cicerón, es un motivo valido para declarar e iniciar la guerra. No dice, expresamente, que sea la autoridad política la encargada de emitir tal declaración, pero ello se puede inferir por tratarse no de guerras privadas, sino de aquellas en que participa la ciudad, reiteremos, en beneficio de su supervivencia. Sin embargo, en otra de sus obras, Contra Fausto, establece que Aquel orden natural conformado para que los mortales tengan paz reclama que la autoridad y la decisión de emprender una guerra recaigan sobre el príncipe, mientras que los soldados tienen el deber de cumplir las órdenes de guerra en beneficio de la paz y salvación común (Contra Fausto 22, 75). En este párrafo (y en los siguientes) se refiere, también, a la obediencia de los soldados, señalando que puede darse el caso que un soldado justo combata bajo las órdenes de un rey sacrílego (Contra Fausto 22, 75). Por lo tanto, normalmente, los soldados no caen en injusticia al combatir en guerras armadas, sino las autoridades que declaran o inician guerras injustas.
  • 7. CONCLUSIÓN Entre otras muchas materias, San Agustín es conocido por haber desarrollado una doctrina de la guerra justa de raigambre cristiana. Sin embargo, el obispo de Hipona no trata este problema de manera sistemática y totalizadora, sino que lo hace en el contexto de la paz. La paz, definida magistralmente como tranquilidad del orden, se configura cuando las sociedades se ordenan hacia el goce eterno de Dios, siendo la vida terrenal una preparación a ese goce. La guerra, pues, se presenta como una de las tantas herramientas o medios destinados al fin último de la existencia humana y social que es el logro de la paz. En el contexto de la lucha por la paz, la guerra se plantea como un esfuerzo permanente contra el pecado y por amor a Dios, teniendo como base la fe en Jesucristo. La guerra en sentido espiritual asume, al mismo tiempo, una dimensión negativa cuando se trata de la lucha eterna contra las pasiones y el pecado personal, pero sin obtener victoria alguna. Es la guerra librada en el infierno. Pero la esperanza cristiana supone una guerra en sentido positivo, que es la voluntad constante de luchar en busca de la paz espiritual, alcanzada en el cielo como premio a esa victoria. La guerra material entre naciones es justa en la medida en que obedezca a la necesidad de defenderse frente a las injusticias de los enemigos. La guerra para que sea justa debe proceder como respuesta a un acto de otro, no por iniciativa propia. La guerra física es de suyo un mal. Las guerras justas se configuran como una necesidad frente a un ataque previo. Su finalidad es el logro social de la paz, el reestablecimiento del orden quebrantado. Y siendo declaradas por personas sabias, por los príncipes o gobernantes. Interesante es la distinción entre justicia objetiva de las guerras, en la medida en que responden a los requisitos arriba indicados, y la justicia de los soldados que participan en ella. Una guerra puede ser injusta —por ejemplo, por no responder a una injusticia de otro—, pero los soldados, en la medida en que cumplan con sus deberes de obediencia jerárquica, no pecan y actúan de manera justa.