El Espíritu Santo es fundamental para la Iglesia y la humanidad. Estuvo presente desde la creación del hombre, irrumpió en Jesucristo y en la Iglesia en Pentecostés, y guía a la Iglesia a través de los siglos. El Espíritu promueve la unidad, santidad y universalidad de la Iglesia, y actúa a través de los sacramentos. Sin el Espíritu no habría Iglesia.