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Educación de Virtudes en la Familia

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Educación de Virtudes en la Familia

  1. 1. Universidad de los Andes Escuela de Psicología Ciclo Familiar La educación de las virtudes en la familia Integrantes: María Jesús Conejeros Fitzgerald Hernández Teresita Montes Paulina Eynaudi Roberto Ruedlinger Profesora: Isabel Diez Ayudante: Trinidad Rabat Santiago, Miércoles 15 de abril de 2009.
  2. 2. I. Introducción ¿Es posible identificar virtudes y desarrollarlas de un modo sistemático dentro de la familia? La familia es primera y principal escuela, es el ámbito propio para la formación de la persona y de sus hábitos (Alcazar & Corominas, 2001). Por consiguiente es necesario definir que los valores son los que configuran profundamente la personalidad de los hijos, mientras que, las virtudes son los hábitos operativos que se adquieren por la repetición de actos y conceden al hombre la facilidad para obrar de forma virtuosa (Alcazar & Corominas, 2001). La palabra virtud proviene del latín virtus, y significa "cualidad excelente", "disposición habitual a obrar bien en sentido moral". Ya que se trata de una capacidad adquirida, por ejercicio y aprendizaje, de hacer lo que es moralmente bueno, la virtud es un producto de la voluntad que supone un bien para uno mismo o para los demás (Pieper, 1904). Tanto las virtudes como los valores familiares entre los miembros de una familia establecen relaciones personales que contienen afinidad de sentimientos, afectos e intereses que se basan en el respeto mutuo de las personas. La familia es la comunidad donde desde la infancia se enseñan los hábitos y el adecuado uso de la libertad. Las relaciones personales y la estabilidad familiar son los fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la sociedad. Es por esto que en la familia se inicia a la vida social. Como se dijo anteriormente, las virtudes se aprenden en sociedad, y la familia como núcleo de esta, es la primera instancia en donde los padres guían, modelan y educan el porvenir virtuoso de sus hijos (López, 2000). 2
  3. 3. II. Desarrollo La familia es una organización natural que exige el apoyo de todos sus integrantes, donde se relaciona lo más profundo de cada persona, es decir, su intimidad (Isaacs, 2000). Por tanto, “La familia es la primera escuela de las virtudes humanas, sociales; que todas las sociedades necesitan” (Gravissimum educationis momentum, Concilio Vaticano II). Para que se lleve a cabo un óptimo aprendizaje de las virtudes humanas, es necesario contar con una familia en la que exista una agradable convivencia de sus miembros; bajo un equilibrio entre la autoridad de los padres y la vinculación familiar, esto posibilita una mejor transmisión de ideas, sentimientos y virtudes de una generación a otra (López, 2000). Los padres deben ser concientes que la educación de las virtudes a sus hijos, se debe llevar a cabo en un ambiente armónico, para que, al momento de adquirirse una virtud se perfeccionen directamente todas las demás (Alcazar & Corominas, 2001). Un ambiente armónico presenta las siguientes cualidades: 1) Ambiente motivado por el amor: Toda familia puede contribuir al desarrollo valórico de sus niños a través del amor, ya que en ésta, es posible llegar asumir los puntos débiles del carácter de los infantes. Los hijos son conscientes del cariño entregado por sus padres, el que los hace sentir como personas únicas y valiosas, incluyendo defectos y virtudes. Los padres tienen numerosas ocasiones de actuar educativamente con los hijos, de esta manera, todos los miembros comparten y respetan una serie de criterios y comportamientos (Alcazar & Corominas, 2001). 2) Triple dimensión de la educación de las virtudes: La educación de cada una de éstas tiene un componente relacionado con la cognición, voluntad, conducta y con los afectos (Alcazar & Corominas, 2001). 3) Formar la capacidad de entendimiento: Es necesario lograr un clima familiar en el que los hijos expongan y defiendan sus propios razonamientos. Los padres, en tanto, deben escuchar con atención y respeto esas opiniones, brindándoles puntos de apoyo indispensables para que encuentren por sí mismos una sólida fundamentación racional (Alcazar & Corominas, 2001). 4) Fortalecer la voluntad: La fuerza de voluntad fomenta la autoestima, seguridad e iniciativa de los hijos; al proporcionarles facilidad y energía para conseguir las metas 3
  4. 4. que aspiran. Por otra parte, para fortalecer la voluntad es necesario crear en el niño diversas oportunidades de ejercicio (Alcazar & Corominas, 2001). 5) Desarrollo de la afectividad: La enseñanza moral dirige la atención a la ordenación de la afectividad, lo que favorece una predisposición al bien, que a su vez, exige sacrificio y renuncia para superar el propio egocentrismo. Los valores y experiencias que tienen su base en los sentimientos de cada individuo se enraízan con mayor fuerza en las personas (Alcazar & Corominas, 2001). 6) Planificar un programa de vida: Con la llegada de los hijos se torna mucho más difícil pensar con seriedad sobre cualquier asunto del futuro, principalmente a largo plazo. Este punto es de gran importancia ya que lo que se hace o no durante la infancia influye directamente en la manera en que los hijos se enfrenten a la vida posteriormente (Alcazar & Corominas, 2001). 7) Pensar en lo que serán nuestros hijos: Muchas veces se comete el error de pensar en lo que harán, en lugar de en lo que serán nuestros hijos. Se reflexiona poco acerca de los valores y posibilidades con los que podemos dotarles. Es correcto pensar en el tipo de adultos que queremos que lleguen a ser. Con esta idea se debe descender después y trabajar en los detalles de la vida familiar para actuar en concordancia (Alcazar & Corominas, 2001). 8) Valores humanos fundamentales: Una virtud supone una repetición de actos con sentido, es decir, sabiendo que hacer, por qué y queriendo actuar de determinada forma en cualquier contexto. Es posible identificar la inclinación que tiene el hombre hacia la felicidad, hacer el bien, buscar la alegría en cualquier acto realizado. Ésta tendencia universal puede considerar como el motor interior que guía a cada persona (Alcazar & Corominas, 2001). El estar insertos en una familia con un ambiente armónico, nos permite ir desarrollando dentro de ésta la propia personalidad, es por esto que se transforma en un espacio fundamental el apoyo o la red familiar que conseguimos. Es importante además tener en cuenta que dentro del contexto familiar vamos creciendo y adquiriendo ciertas características respectivas a la edad que de alguna manera nos van moldeando en dirección a lo que el mundo nos va exigiendo, y es aquí donde el grado de compromiso de los padres hacia la educación de las virtudes se hace crucial. 4
  5. 5. En cuanto al comportamiento que se espera de los padres, David Isaacs comenta en una de sus entrevistas, que éstos deben percibir como son cada uno de sus hijos, lo que les cuesta, sus características y sobre todo estar informados lo que por edad les correspondería ir adquiriendo (Hacer Familia- Revista 113- Magdalena Pulido S:Entrevista a David Isaacs.) Como familia, se torna fundamental el inculcar y demostrar a los hijos el ejemplo de una virtud, es decir, el uso constante de cada virtud es lo que nos iría convirtiendo en seres más virtuosos. No por saber su significado, sino por la práctica. Cada niño tiene sus virtudes y defectos; y por tanto es un verdadero problema el tema de “hacer o no hacer, con cada uno, aquello que se debe” (27, David Isaacs – María Luisa Abril Martorell: Familias contra corriente. 7 ED. Hacer familia, cómo educar. / ediciones Palabra, S.A.). Para decidir qué virtudes deberían considerarse prioritarias en cada momento, hace falta tener en cuenta factores como: los rasgos estructurales de la edad en cuestión, la naturaleza de cada virtud, las características y posibilidades reales del joven que estamos educando, las características y necesidades de la familia y de la sociedad en que vive el joven y las preferencias y capacidades personales de los padres (Palacios & Moreno, 1994). David Isaacs plantea que durante la vida se deben adquirir veinticuatro virtudes, de estas, nosotros consideraremos solo diez, que se encontrarían entre el nacimiento y la edad de los doce años. Nos detenemos en los doce años ya que es en este momento donde el niño se independiza de el ceno familiar y empiezan a influir con mayor potencia ambientes externos al hogar, como la escuela, los pares, etc. (27, David Isaacs– María Luisa Abril Martorell: Familias contra corriente. 7 ED. Hacer familia, cómoeducar. / ediciones Palabra, S.A.). Además sabemos que, normalmente, los niños que se encuentran en la madurez de la infancia, es decir, el período que abarca desde los seis a los doce años, adquieren una disposición natural hacia la actividad, es por esto que nos veríamos frente a un período ideal para educar determinados hábitos de conducta y más todavía si estos significan dar un sentido más trascendente a sus vidas (Alcázar & Corominas, 2000). Siguiendo el orden de David Isaacs, en su libro sobre la educación de las virtudes humanas y su evaluación, que plantea que, de los cero a los siete años se espera desarrollar las siguientes virtudes: obediencia, sinceridad, orden. Entendiendo cada una de estas virtudes cómo: Obediencia: Acepta, asumiendo como decisiones propias, las de quien tiene y ejerce la autoridad, con tal de que no se opongan a la justicia, y realiza con prontitud lo decidido, actuando con empeño para interpretar fielmente la voluntad del que manda. 5
  6. 6. Orden: Se comporta de acuerdo con sus normas lógicas, necesarias para el logro de algún objetivo deseado y previsto, en la organización de las cosas, en la distribución del tiempo, y en la realización de las actividades, con iniciativa propia sin que sea necesario recordárselo. Sinceridad: Manifiesta, si es conveniente, a la persona idónea y en el momento adecuado, lo que ha hecho, lo que ha visto, lo que piensa, lo que siente, etc., con claridad, respeto a su situación personal o a la de los demás. Según el autor se esperaría que antes de los siete años los niños no fueran capaces de usar por completo su uso de razón, y que por esto, se refugiaran en la obediencia hacia sus mayores o educadores de la forma más cariñosa y lógica posible (Isaac, 2000). En cuanto a la virtud de la sinceridad, plantea que es importante el desarrollo de esta ya que “la exigencia en el hacer tiene que traducirse paulatinamente en una exigencia en el pensar, y únicamente tiene sentido esta orientación de los padres si se hace en torno a una realidad conocida” (Alcázar & Corominas, 2000). Y, sobre la virtud del orden, se ve más que como una virtud fundamental para el momento, como una tremenda ayuda para el futuro, entre antes se fuera desarrollando esta, mejor se adquiere esta práctica virtud. Por otra parte, nos encontramos frente a diferentes opiniones que plantearían que en los niños menores de siete años todavía no se puede hablar de valores propiamente tal, sino que de buenos hábitos, que se van dando en su mayoría como una respuesta basada en la imitación y repetición, y es en este sentido en donde la actitud de los padres se hace fundamental (Alcázar & Corominas, 2000). Ya de los ocho a los doce años, se dice que podemos hablar de virtudes en sí mismas, y siguiendo la línea de Isaacs, se deberían de desarrollar las siguientes virtudes: fortaleza, perseverancia, laboriosidad, paciencia, responsabilidad, justicia y generosidad (Alcázar & Corominas, 2000). Fortaleza: En situaciones ambientales perjudiciales a una mejora personal, resiste las influencias nocivas, soporta las molestias y se entrega con valentía en caso de poder influir positivamente para vencer las dificultades y para acometer empresas grandes. Generosidad: Actúa en favor de otras personas desinteresadamente, y con alegría, teniendo en cuenta la utilidad y la necesidad de la aportación para esas personas, aunque le cueste un esfuerzo. 6
  7. 7. Justicia: Se esfuerza continuamente para dar a los demás lo que le es debido, de acuerdo con el cumplimiento de sus deberes y de acuerdo con sus derechos –como persona (a la vida, a los bienes culturales y morales, a los bienes materiales); como padres, como ciudadanos, como profesionales, como gobernantes etc. Laboriosidad: Cumple diligentemente las actividades necesarias para alcanzar progresivamente su propia madurez natural y sobrenatural en el trabajo y en el cumplimiento de los demás deberes. Paciencia: Una vez conocida y presentido una dificultad a superar o algún bien deseado que tarda en llegar, soporta las molestias presentes con serenidad. Perseverancia: Una vez tomada una decisión, lleva a cabo las dificultades necesarias para alcanzar lo decidido, aunque surjan dificultades internas o externas o pese a que disminuya la motivación personal a través del tiempo transcurrido. Responsabilidad: Asume las consecuencias de sus actos intencionados, resultado de las decisiones que tome o acepte; y también de sus actos intencionados, de tal modo que los demás queden beneficiados lo más posible o, por lo menos, no perjudicados preocupándose a la vez de que las otras personas en quienes puede influir hagan lo mismo (Alcázar & Corominas, 2000). Cómo hemos planteado anteriormente, estamos frente a la edad de oro en cuanto a la educación de las virtudes y valores. Interesa ofrecer muchas posibilidades para que puedan esforzarse por realizar actos de valores, aunque los motivos puedan parecer, en principio, insuficientes, de esta manera adquirirán los hábitos. A la vez, habrá que ir proporcionándoles motivos más sólidos para su actuación (Alcázar & Corominas,2000). Bajo esta dimensión convendría estar en constantes retos razonables entre los padres y los hijos para producir un pequeño esfuerzo que les permita sentirse útiles, valorados y agradar a los demás (Barlow, 1991). Es importante también al hablar de esta edad tener en cuenta los cambios físicos que se producen, principalmente los biológicos que culminarán con la pubertad, es en este momento donde los niños empiezan a tomar mayores decisiones personales, que requieren de supervisión y criterio para que se dirijan bien al objetivo de su esfuerzo (Barlow, 1991). Por otra parte, encontramos una actitud fundamentalmente centrada en el acto más que en el destinatario, la individualidad se hace presente poco a poco, sin ser todavía muy consientes de su intimidad. No se puede pasar inadvertido el hecho de que es un momento clave 7
  8. 8. de relación con los pares, es por esto que el desarrollo de las virtudes tanto para el juego como, para su relación con los demás se hace necesario. Ésta, debe ser estimulada por sentido del deber hacia sus compañeros (Alcázar & Corominas, 2000). Es una etapa en que se espera un fortalecimiento en su capacidad de pensamiento, que lo llevan a buscar explicaciones lógicas tanto de sus actos, como del de los demás. Crece su tiempo de atención frente a las situaciones o hechos (Barlow, 1991). Hay una lucha entre el deseo del niño de autoafirmarse a toda costa y el tener que aceptar la autoafirmación de los otros, en primer lugar los padres, luego los hermanos y después los niños de su edad y demás personas con quienes entra en contacto (Barlow, 1991). Tras ésta propuesta acerca de la formación de las virtudes en cada individuo que delega un rol importante a los padres en interacción directa y dinámica con sus hijos, es necesario exponer otro punto de vista que también posee relación a la adquisición de las virtudes. Esta hipótesis considera a la familia como parte del ambiente: lo que es planteado por la teoría psicosocial de Erikson. Este autor plantea que los niños se desarrollan en un orden predeterminado. Para él, la personalidad del individuo nace de la relación entre las expectativas personales y las limitaciones del ambiente cultural. Ésta teoría epigenética sostiene que el desarrollo psicosocial está formada por ocho etapas distintas, cada una con dos resultados posibles. Uno de estos resultados es la resolución adecuada de cada etapa, que da lugar a una fuerza básica, una personalidad virtuosa, lo que incluye interacciones acertadas con la sociedad. La otra el fracaso a la hora de completar una etapa, que puede dar lugar a una capacidad reducida para terminar las otras etapas, también se habla de patologías y, por lo tanto, a una personalidad y un sentido de identidad personal menos sanos. Estas etapas, sin embargo, se pueden resolver con éxito en el futuro (Erikson, 2000). A continuación se presentan las primeras cuatro etapas que cubren las edad de cero a doce años: 1) Confianza básica frente a desconfianza básica (Infancia): Los niños comienzan a desarrollar la capacidad de confiar en los demás basándose en la consistencia de sus cuidadores. Si la confianza se desarrolla con éxito, el niño gana confianza y seguridad en el mundo a su alrededor y es capaz de sentirse seguro incluso cuando está amenazado. No completar con éxito esta etapa puede dar lugar a una incapacidad para confiar, y por lo tanto, una sensación de miedo por la inconsistencia del mundo. Puede 8
  9. 9. dar lugar a ansiedad, a inseguridades, y a una sensación excesiva de desconfianza en el ambiente (Erikson, 2000). 2) Autonomía frente vergüenza y duda (Niñez temprana): Los niños comienzan a afirmar su independencia, caminando lejos de su madre, escogiendo con qué juguete jugar, y haciendo elecciones sobre lo que quiere usar para vestir, lo que desea comer, etc. Si se anima y apoya la independencia creciente de los niños en esta etapa, se vuelven más confiados y seguros respecto a su propia capacidad de sobrevivir en el mundo. Si los critican, controlan excesivamente, o no se les da la oportunidad de afirmarse, comienzan a sentirse inadecuados en su capacidad de sobrevivir, y pueden entonces volverse excesivamente dependiente de los demás, carecer de autoestima, y tener una sensación de vergüenza o dudas acerca de sus propias capacidades (Erikson, 2000). 3) Iniciativa frente a culpa (Edad del juego): Los niños se imponen o se hacen valer con más frecuencia. Comienzan a planear actividades, inventan juegos, e inician actividades con otras personas. Si se les da la oportunidad, los niños desarrollan una sensación de iniciativa, y se sienten seguros de su capacidad para dirigir a otras personas y tomar decisiones. Inversamente, si esta tendencia se ve frustrada con la crítica o el control, los niños desarrollan un sentido de culpabilidad. Pueden sentirse como un fastidio para los demás y por lo tanto, seguirán siendo seguidores, con falta de iniciativa (Erikson, 2000). 4) Industria frente a inferioridad (Edad escolar): Los niños comienzan a desarrollar una sensación de orgullo en sus logros. Inician proyectos, los siguen hasta terminarlos, y se sienten bien por lo que han alcanzado y utilizan diversas herramientas como medio. Durante este tiempo, los profesores desempeñan un papel creciente en el desarrollo del niño. La virtud que surge tras una positiva resolución de esta etapa es la competencia (Erikson, 2000). 5) Es por esto que no sólo el sistema familiar afectaría a la adaptación individual, sino que también el contexto que se da en el entorno familiar, que indicaría los impactos de los riesgos en la individualidad del niño. La socialización comienza desde el nacimiento y continúa a lo largo de la infancia, debiendo ser gradual, secuenciado y sincronizado con el desarrollo del individuo y su participación en el contacto social. Los padres ejercen el papel socializador por dos vías: como modelos y mediante prácticas educativas. La educación familiar se realiza por imitación e 9
  10. 10. identificación a través de lazos afectivos y por convivencia. Schaeffer (1994) destaca que no es tanto lo que los padres hacen con sus hijos, sino lo que hacen con ellos (Schaeffer, 1994). La familia se considera el primer hilo social, ya que interviene en su inmersión en el contexto sociocultural; por eso decimos que es la familia que a través de la educación de las virtudes y valores inserta a sus miembros a la sociedad (Schaeffer, 1994). Bajo esta premisa es posible ahondar en el desarrollo de las virtudes dentro de familias que no son funcionalmente armónicas; siguiendo la línea de López, es posible identificar 3 tipologías de familias, estas son: La familia represiva: ésta cae en un desmedido desarrollo de las conductas que tienden al mantenimiento de las pautas familiares. Genera enfrentamientos en el plano de las personalidades, pero puede encubrirse un acuerdo básico en cuanto a los valores y creencias sustentados (López, 2000). Generalmente este patrón de relaciones dentro de la vida familiar tiene su base en un matrimonio “inestable satisfactorio”, en donde se logra una permanencia del vínculo entre sus integrantes cuando surge un conflicto o crisis. Bajo estas condiciones aumenta la probabilidad de la emergencia de individuos con trastorno de conducta y de personalidad en donde se observa la carencia de virtudes como la sinceridad, paciencia y perseverancia (Abbate, 1978). La familia permisiva: la cual cae en el olvido de la forma institucionalizada y el desarrollo hipertrófico de la descarga de las tensiones. Existen amplios márgenes de convivencia familiar y se sacrifica el mantenimiento de pautas. Ya que se trata de salvaguardar la vida familiar se renuncia en cierta medida a los valores, creencias o conductas institucionalizadas (López, 2000). Una relación “estable insatisfactoria”, consiste en un mutuo acuerdo por parte de los cónyuges para no discutir sobre los problemas, lo que lo transforma en una relación retraída y distante; sin pautas ni limites a seguir para sus integrantes. Dentro de estas familias no se identifica alguna patología característica, pero se considera relevante la intolerancia a la frustración, seres propensos a la depresión y con un nivel considerable a las adicciones por las drogas, alcohol y cigarrillos. El respeto, orden, obediencia y laboriosidad son unos de 10
  11. 11. los valores que menos se desarrolla en los individuos que son criados en un ambiente permisivo (Abbate, 1978). La familia caótica: aquella en la cual no existe un esquema de vida familiar. Existe una alteración de todos los elementos respetados por la familia, desatención a las necesidades vitales y despreocupación por la moralidad, educación, etc. La carencia de pautas y valores las convierte en criaderos de delincuencia, violencias y abusos (López, 2000). Al presentar un desacuerdo básico sobre el control de la relación es un diversas áreas anteriormente dichas, se habla de una familia de relación “inestable insatisfactoria”. Esta descripción corresponde en variados aspectos a una desarmonía familiar de intensidad importante o total. A no existir relaciones afectivas, practicas educativas y modelos de aprendizaje; estos individuos caen, con un alto grado de certeza, en enfermedades como la esquizofrenia, neurosis, problemas de drogas y alcohol y conductas antisociales. La ausencia de valores y virtudes en estos sujetos, si bien no es total, es difícil predecir o identificar el desarrollo de alguno a modo general (Abbate, 1978). No obstante un buen número de padres conserva su vinculación a los valores, creencias y comportamiento, y aunque se abstengan de intentar imponérselo a sus hijos y lo conserven para uso propio, mantienen los aspectos más formales de la idea y práctica familiar, lo que contribuye a crear un ambiente familiar donde los hijos se encuentran relajados y cómodos (López, 2000). 11
  12. 12. III. Conclusión La principal conclusión que podemos mencionar en nuestro trabajo, entendiendo que virtudes y valores se adquieren, es que estás deben ser trabajadas con los padres, en la familia y en la comunidad en la que esté inserta la persona; para que luego corresponda a las instituciones educacionales poder hacer relucir y reforzar los valores y las virtudes que se han creado. Un hombre virtuoso será un hombre integral. El objetivo de la educación en virtudes es precisamente el de integrar la razón, la voluntad y el sentimiento, en cada acto de la persona. La formación en virtudes hace que las personas encuentren facilidad para llevar una vida moralmente buena, ordenando sus pasiones, controlando sus actos y superando con alegría los obstáculos. Aprender en familia las virtudes humanas tiene una doble importancia, por un lado permite formar hombres y mujeres seguros de sí mismos y capaces de decir que no frente a los vicios que el mundo les ofrece, y por otro, dado que el ser humano es un ser social, permite que estos hombres y mujeres se comprometan en formar un mundo más humano, más solidario y respetuoso de los derechos de los demás. Por esto es que la familia debe velar por una educación integral, dando a sus hijos herramientas para hacer una sociedad mejor. Sabemos que esta educación no es fácil y, por lo tanto, requiere de un trabajo constante, tanto en el discurso como en la práctica del día a día. 12
  13. 13. IV. Referencias Alcazar, J. A. & Corominas, F. J. (2001). Las virtudes humanas. (3ª. ed.). Sevilla, España: Hacer familia. Abbate, F. (1978). Perturbaciones psicopatológicas conyugales y familiares (1a. ed.). Buenos Aires, Argentina: Ediciones AZ. Barlow, D.H. (Ed.). (1991). Diagnosis, dimensions, and DSM-IV: The science of classification [edición especial]. Journal of Abnormal Psychology, 100(3). Erikson, E. (2000). El ciclo vital completo. (3ª. ed.). Barcelona, España: Paidos. Lopéz, M. (2001). Familia y Sociedad. (1ª. ed.). Sevilla, España: Rialp. Isaacs, A. (2000).La educación de las virtudes humanas y su evaluación. Pamplona, España: Eunsa. Martorell, M. (7ª. ed.). (2007). Hacer familia, cómo educar: Familia contracorriente. [Edición especial]. Palabras, S.A, 27. Palacios, J. M. & Moreno, M. C. (1994). Contexto social y desarrollo. (1ª.ed.). Madrid. Pieper, J. (1904). Las virtudes fundamentales. (3ª. ed.). Madrid: Rialp. Pulido, S. (7ª. ed.). (2007). Hacer familia: Entrevista a David Isaac, Revista 113. Shaeffer, A. (1994). El rol de la familia en la sociedad. Madrid, España: Piados. 13

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